3 de marzo de 2017

El ratón y el gato, 1ª parte (relatos 2014)


hospitalmisterio


Cierro la puerta de golpe y la oscuridad me seduce hasta devorarme. Trato de mantener la calma y dejar que el silencio siga su curso, pero siento que mi corazón amedrentado y la violenta respiración han hecho un pacto para delatarme.
Pienso en una solución mientras ejerzo presión contra la puerta.
 ―Vamos, Gabi ―dice el hombre en tono cordial, casi susurrando―. Podemos hacerlo por las buenas o por las malas, tú decides ―propone―. Es cuestión de tiempo: una hora, media hora… ¡o un minuto!
Noto la reverberación de su golpe en las manos y me apoyo de espaldas contra la puerta; me deslizo y quedo sentada. Busco un punto hasta el que estirar las piernas, que me sirva de tope, para ejercer de cerrojo humano. La habitación se abre y cierra con llave; imagino que no se encuentra cerca y, de estarlo, tampoco la vería.
Escucho lo que parecen unas uñas deslizándose sobre la madera, a la altura de mi cabeza. El temblor me convierte en una marioneta dirigida por un titiritero descoordinado.
  ―Como quieras, Gabi― murmura mientras sus pasos se alejan.
«¿Quién coño es ese tío y por qué conoce mi nombre?», intento concentrarme, hago memoria. Trato de repasar en orden cronológico las últimas dos horas y llego a la conclusión de que mi mejor amiga, Bárbara, no ha sido arrollada por casualidad.
Bárbara había quedado para cenar con un tipo al que conoció unas semanas antes en una web de contactos. Al hablarme de él por primera vez, lo describió como un hombre joven, de unos treinta y cinco años: voz cautivadora, ojos oscuros y profundos que incitan a desear perderte en su mundo, y una sonrisa que derretiría a la más pintada. De momento, no puedo corroborar si la descripción de su ciberamigo coincide con la de mi acosador: no suelo fijarme en el grado de sexappeal de los hombres que me persiguen por hospitales.
Desde que mi amiga llegó al pueblo cinco años atrás, motivada por empezar una nueva vida, nos convertimos en inseparables. Bárbara es tímida e insegura, pero inteligente y con grandes expectativas. Su autoestima cayó en picado cuando la despidieron de la compañía de seguros para la que trabajaba desde que se graduó. Poco después, Miguel (su pareja del instituto),  la dejó mediante un email por una de las camareras del bar que frecuentaban los viernes por la noche. Por lo visto, su ex tomaba copas más a menudo de lo que Bárbara suponía, en vez de trabajar en una aplicación revolucionaria como la hacía creer; la infidelidad fue el detonante para empezar de cero y estudiar un ciclo de veterinaria, su vocación, y se mudó aquí en busca de paz. Durante su primer mes en el pueblo, consiguió trabajo como auxiliar en la clínica veterinaria del barrio, propiedad de mi primo Luis, el lumbreras de la familia, y ahí fue donde nos conocimos: «descansa en paz, Fufly, pequeño amigo». Me enjugo una lágrima, mezcla de pánico con nostalgia por mi difunto gato, y me pongo en pie.
Ahora me siento culpable por haber animado a Bárbara a conocer hombres por Internet, pero creí que la ayudaría a socializar; además, ya es hora de que eche un polvo. Los del pueblo están muy vistos, pero al menos, ninguno tiene antecedentes que yo sepa. No pensé que se toparía con una especie de Chicote; hay que ver lo mal que les sienta a algunos una mala cena.
Tengo náuseas. Mi cuerpo se arquea bruscamente dispuesto a vomitar la lasaña precocinada de los dos últimos días, pero logro que ceje en su empeño tras un par de arcadas.
Debo salir del cuartucho con olor a moho e ir a por Bárbara. Necesito preguntarle qué ha pasado durante la velada e, intuyo, que protegerla de aquel perturbado también.
Palpo las paredes en busca de un interruptor. Escucho un crash, que me anuncia que he encontrado mis gafas, expulsadas por mis orejas durante la violenta sacudida de la lasaña poseída. Odio utilizar gafas fuera de casa, pero cuando te llaman para comunicarte que tu amiga, ¡tu hermana!, ha sido atropellada por un coche que ha huido, sales corriendo hacia el hospital sin considerar la estética. «Genial», digo en alto mientras sacudo levemente la cabeza.  No tengo suficiente con moverme a hurtadillas para llegar hasta la habitación de Bárbara sin toparme con aquel individuo, sino que además, debo hacerlo con mi miopía en su máxima expresión. Si me he colado de madrugada en un hospital: esto no puede ser tan difícil. Sí, vale, ya sé que con la crisis sólo han cubierto un 20 % de la plantilla según los periódicos, pero sigo teniendo cierto mérito ninja: sólo me he topado con una persona, pero vale por el 80 % que falta.
Por fin, tras numerosos intentos consigo dar la luz: el cuarto es más pequeño de lo que creía, apenas cinco metros cuadrados, con manchas de humedad en las paredes y sin ventilación. La mezcla de productos de limpieza es la que crea ese aroma embriagador que minutos antes ha seducido a mi estómago.
Me acuclillo y recojo las gafas; albergo la esperanza de que una de las lentes haya resultado indemne. Puedo apreciar que el cristal derecho está resquebrajado, pero aún puede ser útil, así que me las pongo.
Miro a mi alrededor: fregonas, escobas, recogedores, desinfectantes, papel higiénico… Siento una angustia asfixiante en el pecho, ¡no puedo defenderme con un producto de maruja! pero… tal vez, sí con varios.
Me aproximo a la estantería de metal y cojo un pequeño bote de jabón de manos, lo vacío en el suelo y lleno su interior con lejía y amoníaco; después, extraigo el tapón con gatillo pulverizador de un envase limpia-cristales de cuatro litros, pero su conducto es demasiado largo para el recipiente de jabón, así que, busco algún objeto para cortarlo. Empiezo a desesperar cuando encuentro oculto entre estropajos un cúter. Acorto el tubo de plástico del gatillo, y lo sello al pequeño envase con cinta adhesiva. Guardo el cúter en uno de los bolsillos traseros de mi vaquero y giro el pomo de la puerta.
Asomo la cabeza a través del marco, miro a ambos lados. Está despejado. Camino por el pasillo de puntillas hasta llegar a la recepción de la planta. No hay señales del 20 % de la plantilla; después de todo, estoy de suerte.
Me situó detrás del mostrador, muevo el cursor con el ratón y el ordenador me pide la contraseña; decido entonces dar el siguiente paso en mi misión suicida, y abro la puerta del despacho en el que figura un cartel que dice: «Solo personal autorizado».
La luz del escritorio está encendida y me sobresalto creyendo que hay alguien en la habitación; reculo, dando un par de pasos hacia atrás y choco contra la papelera metálica de la entrada y, ésta avanza unos metros girando sobre sí misma, hasta topar con una taquilla mal cerrada. Rezo para no haber desvelado mi posición por culpa del bullicio de la lata rodante.
Apoyo mi particular spray de autodefensa sobre el escritorio y miro fijamente la taquilla; puede que su dueño guarde ahí su tarjeta profesional y, al insertarla, me dé acceso directo a la base de datos del hospital. Ni idea, no soy informática; de hecho, compré mi primer ordenador el verano pasado.
Me acerco con paso firme y abro la taquilla; se desliza una bata blanca desde su interior y suelto un suspiro entre la sorpresa y el alivio. Me agacho para cogerla y me la pongo; puede serme útil en caso de toparme con algún trabajador. Sigo revolviendo en la taquilla con una esperanza efímera: ni tarjeta ni clave ni nada, aunque esas bragas podrían serme útiles si vuelvo a darme de bruces con el psicópata cibernético; creo que se me han aflojado los intestinos.
Noto un suave roce en el talón y vuelvo en mí. Esta segunda vez ya no es tan sutil, es firme y lo siento como un grillete alrededor de mi tobillo derecho. Sacudo la pierna como si una cucaracha tratara de trepar por ella, pero sigo sin atreverme a mirar hacia abajo. Me giro y doy un pequeño paso en dirección a la puerta, con la mirada al frente; escucho un chasquido que me recuerda a cuando mi tía Lucía se cruje los nudillos en mitad de uno de sus épicos mosqueos.
«¡Oh, joder, estoy pisando una mano!», me tapo la boca demasiado tarde, ya he liberado un grito. Me dejo caer sobre las rodillas.
  ―¿Bárbara? ―pregunto, asomando la cabeza por debajo de la mesa.
  ―A-yu-da...
 ―Tranquila, Tania ―le digo, tras leer su nombre en el uniforme de lo que parece una enfermera en prácticas―. Voy a ayudarte.
Me coloco junto a sus pies, después de rodear el escritorio.
Tania está pálida y apenas puede moverse; su casaca está teñida de rojo a la altura del abdomen y un hilo de sangre seca cruza su barbilla. Echa un vistazo a lo que deduzco que era su móvil y, digo era, porque ahora no está ni para piezas.
Corro hacia la puerta pensando en cómo atrancarla, pero para mi sorpresa, esta sí tiene cerrojo. Respiro hondo y por unos segundos me siento como la ganadora de una medalla olímpica de oro. Vuelvo hasta Tania y la ayudo a incorporarse, apoyo su espalda contra la pared, y me acerco al teléfono que me señala. «Bien», me alegro de que sigan existiendo los teléfonos fijos; esos no pueden salirse del bolsillo cuando huyes.
 ―¿Estás bien? ―pregunto sin pensar mientras marco el 112.
 ―Mareada ―tartamudea con la vista desenfocada.
 ―No funciona, ha cortado el cable ―digo mirando hacia el rizo negro de plástico―. ¿Quién te ha hecho esto?, ¿te preguntó por una tal Bárbara? ―interrogo sin ningún tacto―. Creo que busca a mi amiga.
 ―Sí ―contesta con un repentino énfasis―, le dije que no era horario de visita y que necesitaba más datos… ―Coge aire antes de seguir hablando―. Entonces me clavó un destornillador aquí ―dice, señalándose el estómago―. Creo que me desmayé.
 ―Siento lo que te ha pasado ―digo agarrando su mano―. Voy a ayudarte, pero necesito encontrar a mi amiga primero. Esta noche ha ingresado una chica atropellada, se llama Bárbara.
 ―La recuerdo, hay pocos pacientes. Está bien ―sonríe, y al momento hace una mueca de dolor―, mejor que yo. El coche no la alcanzó de pleno. Está en la tercera planta, pero no recuerdo el número de la habitación. ¿Cuarenta y seis?
 ―Vale. Dame tu clave ―pido con determinación―, buscaré en la base de datos y después iré a por el guarda.
 ―¿Qué guarda? ―pregunta tosiendo.
 ―O sea, que no hay guarda, ¿verdad? ―pregunto, levantando la voz―. Joder, estamos en un edificio lleno de personas narcotizadas incapaces de oír una bomba atómica aunque les explotase en las narices… y sin guarda.
 ―Exacto. ―Se escucha desde el otro lado de la puerta.
Le tapo la boca a Tania con una mano, y con el dedo índice de la otra sobre mis labios le sugiero silencio.
 ―¿Qué pasa, chicas?, ¿os he cortado el rollo? ―dice el acosador con tono burlón.
Aparto mi mano de la boca de Tania lentamente y me acerco reptando hasta su oído.
 ―Tienes que largarte de aquí. Avisa a la policía ―le pido.
 ―No creo que pueda moverme.
Coloco sus brazos alrededor de mi cuello y tiro de ella hacia arriba, esquivando el tablero del escritorio.
Un golpe seco hace temblar la puerta.
 ―Tenéis diez segundos para abrir ―dice el hombre―. Si me obligáis a echarla abajo, cuando entre será peor.
«Hay que ver lo que le gustan a este tipo las cuentas atrás».
 ―Vamos, Tania ―digo acercándonos a la ventana―. Dime que has venido en coche.
 ―Está en el aparcamiento ―contesta afirmando con la cabeza.
 ―Diez ―comienza el hombre.
 ―¿Sabes dónde está la comisaria?
 ―No sé si podré llegar al coche ―dice mientras él sigue descontando―, menos aún conducir diez kilómetros.
 ―Cinco ―cuenta él.
 ―Pues espero que lo hagas ―ruego con la mirada―. Pregunta por David, el cuñado de Gabi; hoy está de servicio.
 ―David… ―repite Tania entre susurros.
 ―Uno ―dice el hombre.

... CONTINUARÁ ESTE 05 DE MARZO A LAS 19:00 (hora española).


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