Por motivos personales hiper mega chachis me encontraré semi-ausente tanto en el blog como en redes sociales del 27 de mayo al 18 de junio (hay entradas programadas y wifi en casi todas partes XD). ¡Gracias y besotes!

5 de marzo de 2017

El ratón y el gato 2ª parte (relatos 2014)




Tania y yo nos observamos en silencio, parece que se esfuerza en no desmayarse; a mí me preocupa respirar, me asusta si quiera desviar los ojos a otro punto, y me aterra pensar en volver a ver a ese hombre y que me clave su mirada airada o, peor aún, un destornillador.
 ―Cero. ―El hombre embiste la puerta, que retumba como si fuera de juguete.
Corro la cortina y abro la ventana. Tania se acerca a la taquilla a una velocidad más que aceptable y coge su bolso; se acerca a mí con un llavero brillante en la mano y aprecio la llave del coche entre tanto destello.
 ―Escucha ―me dice, sentada en el marco de la ventana, jadeando por el esfuerzo―: hay un manojo de llaves en el primer cajón del escritorio; sube a la cuarta planta y enciérrate en la habitación del final del pasillo, a la derecha: es la sala de vigilancia, tiene puerta blindada.
Asiento mientras la apremio para que salga por la ventana.
Tania cae sobre el matojo que está apenas un metro hacia abajo.
Me acerco al escritorio y busco las llaves de rodillas. «Eureka», noto el reflejo de los focos del coche de Tania sobre mi espalda, rebotando en la ventana; lo oigo alejarse derrapando y parte de mi esperanza se marcha con él.
La embestida ha parado y me pongo en pie. No puedo evitar asomarme a la ventana para cerciorarme de que mi 307 sigue allí: mi vía de escape, pero antes debo encontrar a Bárbara. Guardo las llaves en mi bandolera.
 ―¡Buenas noches! ―Mi acosador estira los brazos a través de la ventana y me atrae hacia él con un solo movimiento.
Trato de liberarme, pero me tiene bien sujeta por un brazo. Dirijo todo mi esfuerzo a buscar con la mano libre el cúter en mi vaquero, demasiado lenta.
El hombre se anticipa a mi gesto torpe, y me quita el cúter antes de que logre sacarle la cuchilla. Aprovecha mi frustración para juntarme las muñecas a la espalda y agarrarlas con una una mano. Entra por la ventana de un salto, con una sorprendente agilidad para su considerable estatura, y me sienta sobre el escritorio. Escucho y siento el sonido de una de mis muñecas a punto de fracturarse.
 ―Gabi: pequeñita pero resistente ―dice liberando un poco la presión de mis muñecas―. Pensé que me costaría menos ―me susurra al oído.
Un escalofrío me recorre la columna como si de una fila de hormigas en pleno ajetreo se tratara.
 ―No tengas miedo, sólo quiero conocerte un poco mejor. Dime, ¿dónde está tu amiga?  ―Me acaricia la mejilla con el dorso de la mano―. Apenas he hablado con ella durante la cena, y tú no me has dejado tiempo para buscarla aquí.
 ―No lo sé ―balbuceo ―, acababa de llegar cuando me has visto.
 ―No me mientas, Gabi. Tu amiguita la enfermera ya sabe que no lo soporto. ―Oprime mis piernas entre las suyas y me mira con los ojos muy abiertos―. ¿Dónde está? ―Su aliento baña mi cara.
Cojo un rápido y ligero impulso hacia atrás y le doy un cabezazo con todas mis fuerzas; mis gafas salen volando y me despido de la idea de que vivamos otro reencuentro.
Más sorprendido que dolorido, se lleva las manos a la nariz; alcanzo el improvisado spray y aprieto el gatillo, la botella le escupe varias dosis del tóxico mejunje en la cara. Se frota los ojos dando varios pasos hacia atrás, entonces le propino una patada en el pecho y cae de espaldas por la ventana abierta.
Es cuestión de segundos que vuelva a entrar, y mucho más cabreado que antes. Cierro la ventana, recojo el cúter del suelo y salgo corriendo después de quitar el cerrojo. Atravieso la recepción y alcanzo las escaleras; subo de dos zancadas al rellano en el que el hombre me ha encontrado veinte minutos antes comprando m&m en la máquina expendedora. Sí, vale, lo sé, me he parado a comprar chucherías antes de ver a mi amiga, pero es que sufro de ansiedad, joder no tengo por qué justificarme.
Subo los escalones de cuatro en cuatro sin dejar de maldecirme por mi adicción al dulce; jamás he corrido así, mis piernas parecen dos muelles con el botón de nitro accionado.
Segunda planta, tercera planta… Corro pegada a la pared para poder leer los números en las puertas. Paso de largo la habitación cuarenta y tres, ya casi estoy.
 ―¿Qué es este barullo, querida?
Una anciana de pelo azul y gafas moradas me saluda desde la cuarenta y dos, embutida en un traje a cuadros.
Me siento tan sofocada, que apenas tengo que esforzarme por evitar el grito que asoma a mi garganta.
 ―¿Qué hace aquí? ―pregunto, como si saludara a mi vecina al encontrarnos en el aeropuerto.
 ―Lo siento, enfermera. Sé que el horario de visita es hasta las diez, pero cuando lo avisaron por megafonía debía de estar dormida.
Echo un vistazo a mi atuendo y fuerzo una sonrisa.
 ―Que sepa que es una vergüenza que aún no haya pasado nadie a ver qué tal está mi hijo. Se han inventado lo de la crisis para hacer recortes en Sanidad y acabar con todos los viejos ―dice, atusándose el moño―. Yo lo tengo claro, pero no podrán conmigo; antes estábamos hechos de otra pasta. Las generaciones de ahora…
 ―Lo siento, señora ―interrumpo. «¿Por qué la he dejado desahogarse tanto rato?»―. Vuelva adentro si quiere y pase la noche con su hijo ―digo empujándola sutilmente hacia la habitación.
 ―Se lo agradezco, señorita. Volveré en cuanto coja otra revista de la habitación de al lado. No sé cómo lo hago, pero allá dónde voy siempre hago amistades. La señora de la cuarenta no ve ni taba con tantas dioptrías, pero se entretiene criticando las fotos borrosas. Las ópticas se forran con los viejos: unas gafas de cerca, otras de lejos, otras bifocales… Tiene dos pares de gafas y no ve bien con ninguna. Sin embargo, yo con estas moradas…
 ―¿De cuántas dioptrías estamos hablando? ―pregunto con descaro mientras insisto en que entre a la habitación de su hijo.
 ―Muchas, joven, muchas. Si no recuerdo mal, ayer me dijo que cuatro después de la segunda operación, eso es un timo. Yo, en cambio…
No puedo evitar un gesto de desaprobación y coloco los brazos en jarra.
 ―Cuatro no son muchas ―contesto disgustada―. Entre a la habitación, no puede estar por el pasillo a estas horas. Ahora mismo le traigo otra revista de la habitación de su amiga ―digo con tono de reprimenda.
 ―Que no sea la de la portada de la isla de famosos esa ―refunfuña mientras entra en su habitación―: esa ya me la leí ayer.
Sonrío a modo de confirmación y me cuelo en la cuarenta: la anciana descansa como una bendita y su compañera también. Me acerco a mi víctima y cojo las gafas de su mesilla. Me las pruebo. Menudo mareo, de cuatro dioptrías nada. Echo un vistazo al blíster vacío que casi tiro al dejar las gafas en su sitio, y me animo a quitarle las otras con las que se ha quedado dormida; retrocedo al ver moverse la mano que agarra la revista sobre su regazo, pero vuelvo a la carga. Con lo que se ha tomado dudo que se despierte hasta mañana.
Regreso a la habitación cuarenta y dos y le entrego a la señora del pelo azul una revista que espero que no haya leído, ella se sienta en el butacón y me lo agradece con un gesto.
 ―No debería forzar la vista, hay poca luz y está cansada ―digo, acercándome un poco más a la butaca―. Son las dos de la mañana. Duérmase de nuevo y, de mientras si me lo permite, ya que no le harán falta durante unas horas ―continuo, acechando sus gafas cual ardilla de Ice Age―, voy a llevármelas para apretar ese tornillo que está a punto de soltarse.
 ―¿Cómo dice, joven? Son casi nuevas ―replica―. ¿Ve lo que le digo? ¡Los ancianos somos la diana de esta sociedad decadente! Cójalas y deles un buen repaso. Me van a oír el lunes en la óptica.
 ―No se preocupe, las tendrá de vuelta para cuando despierte ―digo agarrándolas por una patilla―. Vaya, veo que se han olvidado de guardar esta silla de ruedas. La llevaré con las demás y si su hijo la necesita, pídamela mañana.
 ―De acuerdo, muy amable. Espero que tenga una guardia tranquila, señorita. Buenas noches y gracias.
La señora se acomoda en su asiento reclinable y se quita el audífono, en el que yo no había recaído hasta ahora; apoya la cabeza en un mullido cojín y, cae dormida casi al instante, a juzgar por su boca abierta y el hilillo de baba que amenaza con salirse de la oscura caverna mellada.
Salgo de la cuarenta y dos a toda prisa, ¡cuánto tiempo he perdido con ese loro multicolor! Me pruebo las gafas; suficiente para no confundir a mi acosador con una columna.
Arrastro la silla hasta la habitación cuarenta y seis y ahí está Bárbara. Menuda memoria tiene Tania. Aunque supongo que no habrá tantos atropellos por la noche. ¿Habrá llegado ya a la comisaria o se habrá desmayado antes y empotrado contra algún guardarraíl?
 ―Bárbara, despierta ―susurro.


ESTE 07 DE MARZO A LAS 19:00 (hora española)... ¡EL DESENLACE!


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