7 de marzo de 2017

El ratón y el gato 3ª y última parte (relatos 2014)




Tania tenía razón. Diría que mi amiga ha tenido suerte: una venda en el brazo izquierdo, un par de rasguños en la cara y otra venda en la rodilla izquierda hinchada, que veo al levantar la sábana
 ―Vamos, despierta ―insisto agitándola ligeramente―. Come on Barbie, let’s go party ―tarareo en su oído.
 ―Sabes que odio que me llamen así ―arrastra la frase medio dormida.
Bárbara abre los ojos despacio y trata de enfocar mi cara.
 ―¿Qué pasa, mamá? ―pregunta―. Sólo cinco minutos más.
 ―Necesito que estés callada y que no hagas preguntas ―le digo―. Voy a soltarte la vía del brazo y a sentarte en esta silla.
 ―¿Qué? ―insiste―. No pienso llevar ese vestido repollo al bautizo ―dice cerrando los ojos de nuevo.
 ―Incorpórate y apóyate en mí, voy a levantarte ―ordeno obviándola.
Afirma con movimientos descoordinados de cabeza y el morro arrugado.
La siento en la silla de ruedas, notando como mi muñeca dolorida se hincha por segundos, y salimos afuera.
El ascensor está enfrente, a unos pasos. Entramos y presiono el botón de la cuarta planta. Bárbara se ha vuelto a dormir, quizás sea mejor así; entonces escucho un estallido de cristales mientras las puertas automáticas se cierran.
Unos segundos después, aparecemos en el último piso. Miro a un lado y al otro y recuerdo: «Al final del pasillo, a la derecha».
Recorro deprisa la distancia hasta nuestra salvación, tratando de no estampar la silla ya que no puedo dirigirla como me gustaría con una sola mano funcional; saco el manojo de llaves del bolso y pruebo con la primera, la segunda, la tercera entra pero no gira bien así que, también la descarto. Introduzco la cuarta llave en la cerradura y percibo unos pasos acelerados. Lo intento con la quinta llave, giro y consigo dar una primera vuelta. «Premio para la señorita», pienso.
 ―Más vale que te des prisa ―advierte el hombre desde la otra punta del pasillo.
Está apoyado contra la pared, con sonrisa de autosuficiencia. Me da margen para que la esperanza anide en mí y quitármela después de un devastador plumazo, qué sádico.
Me encuentro participando en una carrera contrarreloj; así que, sigo girando la llave mientras él echa a correr en nuestra dirección con los ojos clavados en mí.
Abro la puerta blindada de golpe, de par en par, y propulso la silla hacia adentro, de forma descontrolada; Bárbara cae al suelo, ya me ocuparé de ella cuando coja el manojo y cierre la puerta desde dentro. Irrumpo en la sala con la llave correcta entre el índice y el pulgar e intento cerrar, pero el hombre está al otro lado y empuja con empeño. Es imposible, no puedo competir contra su fuerza bruta.Decido utilizar su impulso en mi beneficio y contabilizó el tiempo entre embestidas. Cuando se aproxima la cuarta acometida, me retiro de la puerta y entra desorientado; choca con la silla volcada y, me abalanzo encima de él, en un alarde de valentía mezclada con nulo instinto de supervivencia. Sé que no puedo ganarle en el cuerpo a cuerpo, así que, tendré que jugar sucio: hundo los dedos en sus ojos clavándole las uñas, y golpeo su cráneo contra el frío suelo de cerámica.
El hombre profiere un alarido de dolor y me asesta a ciegas un codazo que acierta a mi cara. Caigo a un lado, ligeramente mareada; veo a Bárbara, que sigue tirada en el suelo tal cual ha caído hace un momento, ajena al Wrestling que se desarrolla justo a su lado.
 ―¿Luis? ―pregunta con un ojo abierto―. Dios… no, ¡déjame en paz! ―grita arrastrándose en dirección a la puerta.
 ―¿De qué hablas, Bárbara? ―pregunto gateando hasta ella―. Este tipo no es mi primo.
 ―No tu Luis ―susurra, echando un vistazo de reojo al hombre del suelo―, sino el mío.
Entonces recuerdo, que el exnovio de Bárbara se llama igual que mi primo Luis Miguel, su jefe en la clínica veterinaria. Después de cinco años ¿cómo iba a recordarlo? Bárbara apenas lo ha mencionado nunca, y yo solamente lo he visto en una foto: la de la orla, y de eso ya hace mucho. Todos los demás recuerdos habían sido quemados o rotos por ella en un montón de trozos minúsculos.
 ―Te juro que ha sido un accidente, Bárbara ―dice él, incorporándose―. Sólo quería hablar contigo de nuevo. ―Su voz suena a arrepentimiento, pero no me convence―. No me cogías el teléfono y yo…
 ―Y como no accedió ―interrumpo, sentando a Bárbara en la silla―, has decidido atropellarla, ¿verdad?
 ―Sí que accedí ―dice mi amiga―, pero a hablar: nada más. Me daba vergüenza decírtelo, no quería que pensaras que era una idiota sin dignidad, por eso me inventé lo de mi cita cibernética.
 ―Por favor, Barbie ―suplica él―, se me ha ido de las manos. Vuelve conmigo y olvidémonos de todo esto. No he dejado nunca de quererte.
Una sirena interrumpe su patético discurso. Se oye lejos, pero mi cuñado ya viene, estoy segura.
 ―Márchate ―dice Bárbara apoyando su espalda en el respaldo de la silla―. Lárgate. Si te vas ahora lo dejaré pasar.
 ―Tienes razón, debería irme ―acepta el hombre―. Al fin y al cabo, no eres más que una guarra. ¿Crees que quiero estar contigo después de enterarme de que estabas con un tío distinto cada mes? ―pregunta retóricamente. ―Miro a mi amiga esperando una respuesta, pero ella permanece callada―. Aunque a juzgar por tu Facebook, diría que te has reformado; sales en todas tus fotos con esta pringada. ―Me señala con la cabeza y se mofa―. Creí que podría olvidar tus escarceos y sustituirte por otra, pero no fue así. Y cuando vuelvo arrepentido y necesitado a pesar de tus infidelidades… ¡Encima me rechazas!
Parece que Bárbara solo me ha contado su versión, creo que no siempre ha sido dulce y tímida. De todos modos, entre el blanco y el negro hay una gran escala de grises y sospecho que la relación de estos dos estaba en esa franja.
 ―Te ha dejado tu camarera, por eso has vuelto ―le espeta―. No sabes estar solo. Necesitas alguien con quién desahogarte, ¿ya te has cansado de pegarte con ella? ―le increpa.
 ―Me tenéis harto ―responde acercándose.
 ―Eh, tío ―digo, levantando los brazos en alto―. Relájate, ni siquiera me conoces.
 ―Pero a ella sí ―contesta señalando a Bárbara con la mano―. En la próxima vida, elige mejor a tus amigas. No pienso dejar que me detengan por atropellar sin querer a una zorra y agredir a otras dos ―dice cerrando los ojos y tratando de concentrarse―. Voy a coger la grabación de las cámaras y me piro de aquí, pero tú te vienes conmigo ―dice, echándole una mirada fugaz a Bárbara―. Te quedarán genial las cuerdas del sótano. En cuanto a ti… ―Me agarra por el cuello con las dos manos y me eleva hasta colocarme a la altura de sus ojos, que siguen rojos por mi ataque desinfectante―: sobras en esta historia de amor.
Siento que la cara me arde, debo de estar roja como un pegote de kétchup. Empiezo a verlo doble, su cara se convierte en un borrón.
De pronto, me suelta y caigo al suelo de rodillas. Me topo con los ojos de Bárbara, que está de nuevo tirada; sus dientes aún están clavados en el tobillo de su ex, diría que le ha atravesado el vaquero de un mordisco.
Me levanto con energías renovadas y de un salto me subo a su espalda; él da varias vueltas con la intención de lanzarme por los aires. Se dirige hasta la ventana y la abre.
 –Hora de volar, pajarito. ―Se gira y me golpea contra el marco.
Le rodeo la pelvis con las piernas y suelto la mano sana de su hombro. Saco el cúter de mi bolsillo trasero y se lo clavo de lado en el cuello. Me descuelgo y me toco la cara, creo que un chorro de sangre yugular me ha salpicado debajo del ojo.
El hombre tapona la herida con la mano, jadea y me grita de forma alterna.
Bárbara nos observa desde el suelo con los ojos a punto de salirse de las cuencas.
Lo rodeo y me sitúo frente a él; retrocedo unos pasos.
 ―Hora de aterrizar, buitre ―lo imito. Corro hacia él y lo empujo, arrojándolo por la ventana.
Me asomo justo para presenciar el impacto. Se escucha un golpe viscoso.
Bárbara tira de mi manga, ya en pie.
 ―¿Qué vamos a contarle a la policía? ―me pregunta mientras me giro para mirarla.
 ―Lo que queramos ―respondo, mirando de nuevo hacia abajo―. Él no va a rebatirnos nada.


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