Por motivos personales hiper mega chachis me encontraré semi-ausente tanto en el blog como en redes sociales del 27 de mayo al 18 de junio (hay entradas programadas y wifi en casi todas partes XD). ¡Gracias y besotes!

9 de marzo de 2017

La hipótesis fantástica 1ª parte (relato 2014)


relatostaller

¡Hola! Te traigo el segundo relato de los que hice para el Taller de escritura en el que estuve durante casi dos años.
A primera vista, el título no tiene mucho que ver con mi relato, pero si sigues leyendo y llegas a la teoría, te darás cuenta de que sí.
Recuerdo que hice caso a los consejos del tutor y en vez de quedarme en lo que en un primer momento se me ocurrió y, dejar que pasara lo más predecible, le di una vuelta de tuerca y terminó siendo una historia distinta de lo que parecía que sería en su inicio.
Te dejo con la teoría y a continuación empieza el relato.

Las hipótesis son redes: lanzas la red y, tarde o temprano, encuentras algo.
(Novalis)


 Esta técnica se basa en un estímulo muy sencillo: tomad el interrogante ¿QUÉ PASARÍA SI...?, y rellenad los puntos suspensivos con diversas posibilidades que se os vayan ocurriendo. Tenéis que tomar una pregunta y contestarla en forma de relato; es decir, dotando a la respuesta de unos personajes, de un punto de vista, un planteamiento, un nudo, un desenlace... 
Aunque la tendencia al rellenar los puntos suspensivos de ¿QUÉ PASARÍA SI...? suele ser la de suscitar historias de carácter fantástico, queremos recordaros que no tiene por qué ser necesariamente así.


TRAS LA TORMENTA...

«Mierda, han vuelto a matarme —piensa Darío dando una patada en el aire—. Este videojuego es imposible, ¿cómo puede un solo tío terminar con toda una horda de zombis con un bate y una metralleta?».
Agarra su taza de Hulk por el asa y se la acerca a los labios; da un breve sorbo y la apoya de nuevo encima de la mesa. Se reclina sobre el respaldo de la silla giratoria y mira la pared plagada de pósteres.
—Batman, a ti te sobran las armas y las mujeres. ¿Algún consejo para un friki virgen? ―pregunta en alto justo antes de suspirar con fuerza.
—Darío, ábreme. —Se escucha al otro lado de la puerta.
—¿Qué quieres, Zaki? —Se levanta y quita el cerrojo.
El niño entra en la habitación a toda prisa.
—No te has enterado. Nunca te percatas de nada —recalca con los puños cerrados—. Se ha ido la luz.
—Ya sabes dónde está el cuadro eléctrico —se justifica—. No me molestes más, repelente –replica invitándolo con un gesto a salir del cuarto.
—¿No crees que ya lo he intentado? —pregunta Zaki ofendido—. Obviamente, no funciona. Si no llevaras aquí encerrado todo el día, iluminado solamente por la tenue luz de tu portátil, te habrías dado cuenta de que el vecindario entero está a oscuras.
Darío no es demasiado popular en el instituto. A decir verdad, ni siquiera es respetado. En más de una ocasión ha resultado ser la víctima de bromas de mal gusto. En la universidad todo será diferente. Lleva meses entrenando a diario después de las clases. Los fines de semana a primera hora de la mañana recorre la playa de un extremo a otro sin descansar; únicamente se detiene para refrescarse con las bebidas isotónicas a las que se ha aficionado en las últimas semanas. El resto de su tiempo libre lo invierte en estudiar y jugar a videojuegos online. Para su primer año como adulto, se ha prometido ser un joven más culto y en forma.
Un impacto contundente contra la ventana frena lo que está a punto de convertirse en una discusión segura. Los hermanos miran boquiabiertos en la dirección al cristal resquebrajado y se acercan despacio, casi arrastrando los pies. Uno de los árboles de su jardín se ha desplomado rozando las gruesas ramas contra la fachada.
—¡Jopetas! —exclama Zaki—. En la radio dijeron que era una falsa alarma, pero definitivamente acertaron los del telediario local: ha comenzado una galerna.
—¿Y a ti qué más te da? —le espeta Darío—. Pedante…
—¿Acabas de ver lo mismo que yo? —pregunta Zaki de forma retórica—. Te crees muy guay escupiendo tacos y tratándome como a un mojón, pero te diré algo… —Alarga el silencio para dotar de dramatismo al momento—: eso no te hace menos pringado.
Darío se siente dolido, pero está acostumbrado a ocultar sus sentimientos.
Chasquea la lengua y asiente con la cabeza mientras se muerde el labio. Se plantea durante unos segundos darle una colleja a su hermano, pero se pierde en su enrevesado mundo interior hasta que un aporreo reiterado le trae de vuelta a la realidad.
Los dos hermanos se acercan a la entrada principal; Zaki se alza de puntillas para observar por la mirilla.
—¿Les conoces? –susurra, apoyado contra la puerta.
Darío lo aparta de un manotazo y observa las cabezas ligeramente deformes.
—Son de mi instituto —responde sin mover apenas los labios.
Abre la puerta y tres jóvenes avanzan hacia el interior de la casa sin tan siquiera saludar.
—Menos mal que el friki vive frente a la playa —dice el más corpulento.
—No seas borde, Leo —recrimina la chica—. Nos ha dejado entrar y si yo fuera él no lo habría hecho. Además…
—Menos cháchara y más cerveza —interrumpe el tercero en discordia.
—Os he dejado pasar porque venís con ella —replica Darío.
Enma sonríe sutilmente y desvía la mirada hacia sus amigos.
—Vale, pardillo —dice Leo—. Lo que tú digas. Todo el mundo sabe que estás colado por Enma desde primero, pero no seas tan poco hospitalario con nosotros o tendremos que buscar un armario para encerrarte a falta de una taquilla. –Ríe eufórico y choca los cinco con su amigo.
—¿Estos son los idiotas que te avasallan en clase? – interroga Zaki poniendo los ojos en blanco.
—¿A quién estás llamando «idiotas», pigmeo? –Leo da un paso adelante y se sitúa frente al niño.
—Tranquilízate  —le pide Enma apoyando la mano sobre su hombro—. Somos invitados.
—Esta vez te has librado, tapón –avisa Leo retrocediendo.
—¡Qué miedo! –exclama Zaki fingiendo que sus manos tiemblan—. Seguro que dentro de dos años cuando yo empiece secundaria y tú sigas siendo el gallo del último curso no tendré tanta suerte, ¿verdad?
—Voy a matarte, microbio.
Leo agarra a Zaki por la sudadera. El niño se escurre hacia abajo tratando de zafarse y cuando lo consigue le da una patada en la espinilla. Zaki se esconde detrás de su recién conocida protectora. El tercer chico lo alcanza mientras Leo intenta reaccionar.
—¡Basta ya! —grita Darío dando un puñetazo a la pared—. Esta es mi casa y estas son mis normas —indica señalando al suelo con el dedo índice—: el que toque a mi hermano se va a la puta calle. —Golpea de nuevo la pared—. ¿Está claro?
—Vaya con el panoli. –El amigo de Leo suelta a Zaki y rodea a Darío con el brazo—. Creo que te hemos estado subestimando durante todos estos años.
—Gracias –dice Enma cortando un incómodo silencio—. La gente se empeñó en celebrar una fiesta en la playa cuando escucharon que el viento amainaría. Al final, nos hemos quedado nosotros tres recogiendo la barbacoa y las neveras. Los demás ya deben de estar en sus casas. ¿Te importa que nos quedemos aquí hasta que vuelva la luz o pare el viento? ―pregunta con una sonrisa de lado a lado de la cara.
—Ya, conozco vuestras fiestas. Os veo y escucho cada fin de semana que hace bueno ―contesta Darío con el gesto más relajado—. Quedaos lo que haga falta, la casa es grande. Hay dos habitaciones más aparte de la mía y de la de Zaki; aunque la ventana de mi cuarto está agrietada, será mejor que nadie se quede ahí por si se rompe. Yo dormiré en el sofá.
—Vale, tío. Este y yo dormiremos juntos –propone Leo—, y mi prima en otra habitación. Así la bella durmiente podrá gozar de sus aposentos. Es lo justo –se mofa crujiéndose los nudillos mientras echa un vistazo al niño.
—Me parece adecuado. Así sus majestades «la reina y el rey» responde Zaki entrecomillando con los dedos— podrán disfrutar del lecho nupcial.
—Ya te cogeré cuando menos te lo esperes, retaco. —Leo gesticula simulando un estrangulamiento con las manos.
Darío acompaña a los inesperados invitados hasta sus habitaciones y le recomienda a Zaki que eche el pestillo durante la noche. El chico vuelve al salón y se tumba en el sofá. Se cubre con una colcha y apoya la cabeza sobre un par de cojines medio huecos. Se estira hasta que le crujen las rodillas y después se hace un ovillo.
—Darío —llama Enma entre susurros—. No puedo dormirme. El viento no para y me ha parecido oír algo —continúa acercándose al sofá—. Creo que hay alguien en casa.
—¿Qué? —pregunta con un hilo de voz.


Si te gusta este tipo de contenido te animo a seguirme en mis redes sociales, ¡gracias!

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por participar.