26 de marzo de 2017

Leyenda urbana 2ª parte (relatos 2014)




Udane toca el timbre y espera de pie frente a la puerta del jardín de Erik, pero no responde nadie. Prueba de nuevo.
―Ayúdame a saltar el muro, Nai ―pide volviendo al coche―. No puedo dejarlo pasar más. No quiero que se entere de la llamada de anoche por los periódicos, y me muero por hablar con él de lo nuestro; estoy cansada de ensayar delante del espejo. Estoy lista.
Naiara sale del vehículo y acompaña a Udane hasta el muro. Entrelaza los dedos mientras le suelta un bufido.
U coloca la pierna izquierda en las manos de su amiga y coge impulso. Alcanza el punto más alto de la pared de piedra e intenta apoyar la barriga para girar y pasar al otro lado; Naiara hace un último esfuerzo por auparla un poco más. Después de hacer aspavientos descoordinados con las piernas y, de rasparse la tripa, cae adentro casi de bruces.
Udane se acerca a las macetas de la ventana enrejada e introduce la mano en el tercer tiesto, empezando por la derecha. Arruga la nariz y se muerde la lengua mientras remueve la tierra. «Ya eres mía», piensa tirando hacia afuera.
Introduce la llave en la cerradura y entra en la casa de puntillas, sacudiéndose la mano. No parece que los padres de Erik estén, pero prefiere moverse de forma discreta y guardar silencio; nunca le ha caído muy bien a la madre de su ex, y no cree que eso mejore si la pillan allanando su propiedad.
Comienza a subir las escaleras, pero se detiene en el primer descansillo. Guiada por un moderado olor a chamusquina, cambia de dirección y baja hasta la primera escalera del garaje.
―Deja que me vaya ―suplica una voz femenina―. Si me sueltas, no le contaré nada a nadie. Lo prometo.
―¿Igual que hiciste tú con ella? ―pregunta Erik controlando el volumen de su voz.
―Ya te lo he dicho ―continua la mujer―. ¡Fue él! ―grita soltando un gorgorito―. Cuando volvió a casa no noté nada extraño, no pensé que fuera capaz… Me enteré al día siguiente, como todo el mundo.
―Mentira ―dice Erik en un tono tan sereno que resulta inquietante.
―¿Por qué me haces esto? ―insiste gimoteando.
―Eres cómplice, igual de culpable. Lo oí todo cuando me llamó mi hermana.
―No es posible. Tenía las manos atadas. ―Se arrepiente al momento de su nulo filtro mental.
―Y tú, ¿cómo lo sabes? ―pregunta acercándose con el cirio.
Udane intenta volver hacia arriba sin hacer ruido. Enciende la luz del móvil para iluminar el camino y entonces vibra, después suena la melodía; el teléfono resbala de sus manos y desciende a trompicones hasta quedar al pie de la escalera. Se mantiene quieta, aguanta la respiración.
―Siempre tan cotilla. ―Erik asoma medio cuerpo por el hueco de la escalera y saluda con la mano―. Y tan torpe… Ven, anda. Os presentaré.
Udane baja el resto de peldaños. Conoce bien el lugar. Erik y ella han mantenido allí más de un encuentro íntimo; pero ahora, en el lugar de la Suzuki, se encuentra una señora maniatada a una roñosa silla de metal.
―Esta es la señora García ―dice Erik―. Tal vez no caigas. Imagínala morena y con media melena, ojos marrones y unos diez kilos más ―describe―. Ah, y apellidándose Iturralde ―concluye sin cambiar la expresión.
―¿Señora Garfio? ―pregunta U dando un paso al frente.
―Sí ―confirma él mientras la mujer opta por el silencio―. Tras la desaparición de su marido, la misma noche en que descuartizó a María, la señora Iturralde decidió mudarse y cambiar de aspecto además de nombre.
―No lo entiendo. ―Udane niega con la cabeza y retrocede un par de pasos―. Usted nunca fue inculpada.
La mujer trata de hablar, pero Erik la obliga a callar con un golpe seco en la sien, que le nubla la vista.
―Se marchó porque su querido esposo la abandonó después de utilizarla para su puto plan sectario.
―¡Mi marido nunca me dejaría! ―grita haciendo acopio de valentía―. Volverá a por mí, lo sé.
―Sí. Sí te dejó ―insiste Erik levantando la mano sin llegar a pegarla―. Te dejó, te abandonó para siempre porque yo lo maté.
―¡Erik! ―exclama U llevándose las manos a la boca.
―No, no, no… ―repite la mujer negando con la cabeza―. Estás loco.
―Mira quién fue a hablar ―se mofa―. Mi hermana me llamó aquella noche ―comienza a relatar, paseando de lado a lado del garaje―. Al principio, solo escuché ruidos guturales; entonces, el motor del coche paró y pude escuchar con claridad las últimas palabras de mi hermana: palabras de pánico y dolor, de desesperación y despedida: susurros que no me dejan vivir. Parece que no la atasteis tan bien, ¿verdad? ―Dirige una sonrisa condescendiente hacia la mujer―. Quizás, tu subconsciente sabía lo que estaba a punto de pasar y no estaba de acuerdo con ello. ―Se detiene y echa un vistazo a U―. Sea como sea, pudiste evitarlo ―continúa apuntando a la mujer con el cirio―. Pudiste detenerlo, pero no lo hiciste. Qué cierto es todo el rollo ese de que no hay nada de lo que más te arrepientas como de lo que no has hecho ―dice sonriendo de medio lado―. Seguro que ahora mismo estás muy de acuerdo, ¿a qué sí? ―Agrava la voz.
―Mi marido se sentía perdido ―interviene la Sra. Iturralde―. En los últimos años las desgracias se habían cebado con nosotros: el negocio, nuestro hijo… El pobre necesitaba creer que había algo más, algo mejor. Los hermanos del sol naciente le devolvieron la esperanza. Volvimos a tener una familia…
Erik mete la mano en el bolsillo mientras la mujer sigue justificando el comportamiento de su marido; saca un mechero y prende la vela. La cera comienza a gotear sobre la pierna de la señora Iturralde, que se muerde el labio para no gritar.
―¡Para! ―pide Udane―. Antes no hubieras sido capaz ni de aplastar a una mosca.
―Antes ―repite con retintín―, María estaba viva: las cosas cambian. ―Aparta el cirio a un lado.
―Déjalo, por favor ―suplica U echándose a llorar―. Deja que se encargue la policía. Sé que es difícil, yo tampoco he podido…
―Gracias a Dios ―interviene la señora Iturralde con un hilo de voz―, escúchala.
―No ―contesta él sin inmutarse―. No hay pruebas contra ella y ahora conoce la verdad sobre lo que le pasó a su marido. Sabes cómo funciona el mundo, U; ellos matan a mi hermana en un ritual y soy yo quién se pudre en la cárcel por hacerle justicia. Cada segundo de mi vida me atormentará la idea de que los culpables quedaron prácticamente impunes ―continua―. Él apenas sufrió, le di un golpe seco en la cabeza y cayó fulminado aquí mismo. Ella pisará la cárcel unos años, si consiguen incriminarla, y le darán de comer gratis, incluso podrá estudiar una carrera… No voy a dejar que tenga tanta suerte. ―Exhala un suspiro a medio camino entre la risa y la ira, y mira a la señora Iturralde con el ceño fruncido―. ¿De qué te ha servido tu amuleto protector, zorra ignorante? ―Agarra a la mujer por los hombros―. Te vas a tragar cada eguzkilore de tu nueva casa, hija de puta ―amenaza escupiéndola en la cara.
Erik camina hasta el baúl y saca una bolsita con las asas anudadas. Le hace un agujero y la tira sobre el regazo de la mujer.
―¿Fuiste tú quién estuvo en mi casa? ―pregunta ella―. Sabía que había entrado alguien. La noticia del periódico…
―¿Erik? ―Udane se aclara la garganta―. ¿El descampado, anoche? ―pregunta de forma inconexa.
―Sí, era yo. Intenté asustaros, pero no dio resultado. Siempre habéis tenido el don de la oportunidad. Tú, Naiara y vuestra puñetera manía de imitar a Poirot ―resopla―. Intentaba intimidar a la señora Iturralde antes de ir a por ella.
―Así que eras tú mi acosador anónimo ―deduce la mujer―. Pensé que sería un «hermano» resentido por mi abandono.
―¿Llevas un año tramando todo esto? ―pregunta U―, ¿por eso me dejaste?
―Debía ser discreto ―explica―. No podía dejar que nadie se interpusiera en mi camino. Además, un plan sin fisuras lleva tiempo. Ahora que ella tiene otro apellido ―continúa paseando los dedos por las cuerdas de la silla―, la señora García no puede morir porque no existe y, el capitán Garfio y su mujer desaparecida, seguirán en paradero desconocido eternamente; con lo que yo me salgo de rositas ―anuncia con una sonrisa de autosuficiencia. ―Erik vuelve hasta el baúl y coge un hacha por el mango―. Vete ―ordena mirando a Udane―, no quiero que veas esto. No quiero implicarte.
―No puedo, ya me has implicado. ―Toca su hombro con cuidado.
―No te pido que estés de acuerdo ―dice él mirándola fijamente―, ni siquiera que lo entiendas: solamente que lo olvides ―suplica suavizando el tono―. Sé que puedo confiar en ti.
―Entonces, dame ese hacha ―le pide. Erik entrecierra los ojos y la observa a la espera de una petición más interesante o de un argumento convincente―. Si confías en mí, dámela ―insiste.
Erik apoya el filo en el suelo y relaja las manos. Señala el hacha con la cabeza, como dándole permiso para que ella la coja y se mantiene expectante.
Udane agarra la empuñadura e inhala con fuerza.
―Pesa más de lo que creía ―advierte U antes de levantarla por encima de los hombros y clavarla en la cabeza de la mujer.
Erik da un paso hacia atrás, pero la sangre lo salpica igualmente.
―¡¿Qué has hecho?! ―El chico pestañea repetidamente y se frota los ojos. Vuelve a mirar a la mujer, que ha muerto en el acto con un marcado gesto de sorpresa en la cara.
―Estoy contigo ―dice Udane girándose hacia él―. Llevo un año sintiéndome culpable, echándola de menos ―explica con la vista clavada en unas gotas de sangre que le han alcanzado la camiseta a la altura del pecho―. Descansa en paz, María.

✤✤✤✤✤✤

Naiara suspira cuando ve salir a su amiga por la puerta del jardín.
―¿Qué coño estabas haciendo? ―pregunta con el gesto torcido―. Llevo esperándote media hora. ―Coloca los brazos en jarra―. Espera, qué guarrilla… ¡Esta no es tu camiseta! ―exclama, tirando de la pechera―. ¿Has vuelto con Erik?
Udane asiente en silencio, con la cabeza agachada.
 Tenías razón, Nai ―susurra con la calma que lleva esperando un año―. Hay que pasar página y seguir adelante. 

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